¿Por qué siempre vuelvo a sentirme igual después de las vacaciones?

Las vacaciones suelen representar una promesa. Durante meses esperamos que llegue ese momento en el que, por fin, podremos descansar, dormir más, viajar, pasar tiempo con las personas que queremos o, simplemente, dejar de mirar el reloj. Es habitual escuchar frases como: «Cuando lleguen las vacaciones estaré mejor», «Necesito desconectar» o «Solo tengo que aguantar un poco más».

Y, en parte, es cierto. Las vacaciones son necesarias. Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan pausas. Necesitamos salir de la rutina, bajar el ritmo y recuperar energía. No estamos hechos para vivir en un estado de productividad constante.

Sin embargo, hay algo que ocurre con mucha frecuencia. Después de unos días o unas semanas de descanso, muchas personas vuelven a sentir el mismo cansancio, la misma ansiedad o la misma sensación de vacío que tenían antes de marcharse. Algunas incluso descubren que durante las propias vacaciones ya empezaban a encontrarse mal.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Por qué, si he descansado, vuelvo a sentirme igual?

La respuesta rara vez está en las vacaciones. Con frecuencia, está en la vida a la que regresamos.

Las vacaciones no solucionan aquello que ya dolía antes

Existe la idea de que las vacaciones funcionan como un botón de reinicio emocional. Como si unos días de descanso fueran suficientes para borrar meses de estrés, preocupaciones o desgaste.

La realidad suele ser bastante más compleja.

Si durante el año vivimos con una carga constante de trabajo, si llevamos tiempo sintiéndonos insatisfechos con nuestra vida, si nuestra relación de pareja atraviesa dificultades, si convivimos con una sensación de soledad o vivimos desde una autoexigencia permanente, nada de eso desaparece por el simple hecho de cambiar de ciudad o de país.

Podemos irnos a la playa, a la montaña o viajar a la otra punta del mundo. Incluso podemos irnos a Bali. Pero, si hay algo dentro de nosotros que sigue necesitando atención, también hará ese viaje.

Esto no significa que las vacaciones no sirvan.

Al contrario.

Descansar siempre ayuda. Probablemente tenemos muchas menos vacaciones de las que realmente necesitaríamos.

Lo que ocurre es que las vacaciones alivian el cansancio acumulado, pero no resuelven aquello que lleva meses (o incluso años) intentando abrirse paso.

Por eso muchas personas sienten frustración cuando vuelven. Esperaban regresar siendo otras y descubren que siguen cargando con las mismas preocupaciones.

Quizá la expectativa era demasiado grande para lo que unas vacaciones pueden ofrecer.

¿Es realmente síndrome postvacacional o hay algo más?

Cuando alguien vuelve al trabajo sintiéndose triste, irritable, desmotivado o con ansiedad, es habitual hablar del síndrome postvacacional. Es un término muy conocido que hace referencia al malestar que algunas personas experimentan al reincorporarse a la rutina después de un periodo de descanso.

Sin embargo, en consulta muchas veces encontramos algo más profundo. No siempre el malestar aparece porque las vacaciones hayan terminado. En muchas ocasiones aparece porque, durante unos días, dejamos de correr.

Mientras estamos inmersos en la rutina resulta relativamente sencillo mantenernos ocupados. Hay horarios, responsabilidades, reuniones, tareas domésticas, hijos, estudios y obligaciones. La agenda está tan llena que apenas queda espacio para preguntarnos cómo estamos realmente.

Pero cuando ese ritmo disminuye, sucede algo interesante.

Empiezan a aparecer preguntas que llevaban mucho tiempo esperando.

  • ¿Por qué me siento tan cansado?
  • ¿Hace cuánto que no disfruto de mi día a día?
  • ¿Realmente estoy bien con la vida que llevo?
  • ¿Estoy sosteniendo más cosas de las que puedo?

Las vacaciones no crean ese malestar.

Muchas veces simplemente dejan de taparlo.

Cuando por fin paras, el cuerpo empieza a hablar

Hay personas que enferman justo cuando llegan las vacaciones. Otras comienzan a notar ansiedad. Algunas discuten más con su pareja. Otras sienten una tristeza difícil de explicar o una sensación de vacío que no esperaban encontrar precisamente en un momento destinado al descanso.

Aunque pueda resultar contradictorio, desde un enfoque humanista y gestáltico esto tiene bastante sentido.

Nuestro organismo posee una enorme capacidad de autorregulación. Tiende de forma natural a buscar el equilibrio, igual que sentimos hambre cuando necesitamos comer o sueño cuando necesitamos dormir.

En Gestalt hablamos de regulación organísmica, un proceso mediante el cual el organismo intenta llevar al primer plano aquello que más necesita en cada momento.

El problema aparece cuando pasamos demasiado tiempo interrumpiendo ese proceso.

Seguimos adelante aunque estemos agotados.

Seguimos produciendo aunque el cuerpo pida descanso.

Seguimos cuidando de todo el mundo mientras nosotros llevamos meses necesitando ser cuidados.

Seguimos resolviendo problemas sin detenernos a preguntarnos cómo estamos.

Las necesidades no desaparecen porque las ignoremos. Permanecen ahí, intentando encontrar un espacio para expresarse. Y cuando, por fin, dejamos de correr, el organismo aprovecha ese momento para recuperar el contacto con aquello que llevaba demasiado tiempo intentando mostrarnos.

Aparece el cansancio físico.

El agotamiento emocional.

La ansiedad.

La tristeza.

Incluso síntomas físicos para los que, aparentemente, no encontramos explicación. No porque hayan nacido durante las vacaciones, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, existe el espacio suficiente para escucharlos.

Algo parecido ocurre muchas noches. Hay personas que consiguen mantener el ritmo durante todo el día y, cuando por fin se meten en la cama, aparecen pensamientos, preocupaciones o emociones que parecían haber desaparecido.

No habían desaparecido.

Simplemente, no había habido espacio para escucharlas.

La presencia: aprender a vivir también entre vacaciones

Hay una idea que atraviesa toda esta reflexión y que, probablemente, sea una de las más importantes.

Vivimos todo el año. No solo cuando estamos de vacaciones.

Sin apenas darnos cuenta, muchas personas organizamos la vida como una larga espera. Esperamos al viernes, al puente, al verano o a la próxima escapada. Incluso, en ocasiones, esperamos la jubilación como si fuera el momento en el que por fin empezaremos a disfrutar.

Mientras tanto, seguimos funcionando.

Trabajamos.

Cuidamos de los demás.

Cumplimos responsabilidades.

Respondemos mensajes.

Sacamos adelante la casa.

Y poco a poco dejamos de preguntarnos cómo estamos nosotros.

Vivimos en una sociedad que valora enormemente la productividad. Parece que siempre hay algo pendiente, algo que resolver o alguien que necesita de nosotros. En ese contexto es fácil acostumbrarse a vivir cansados y asumir que el estrés forma parte de la normalidad.

Desde la terapia Gestalt entendemos la presencia como la capacidad de estar en contacto con la experiencia que estamos viviendo. No significa vivir en calma permanentemente ni olvidarnos de nuestras responsabilidades. Significa poder detenernos, aunque solo sea unos minutos, para preguntarnos:

  • ¿Cómo estoy?
  • ¿Qué necesito ahora mismo?
  • ¿Qué llevo demasiado tiempo dejando para después?

Estas preguntas, aparentemente sencillas, pueden marcar una gran diferencia.

Porque cuando dejamos de escucharnos durante demasiado tiempo, el organismo termina encontrando otras formas de llamar nuestra atención.

Descansar no siempre significa hacer menos

Cuando pensamos en descansar solemos imaginar una hamaca, una playa o un sofá. Sin embargo, descansar es algo más que reducir el ritmo. También puede significar recuperar el contacto con nosotros mismos.

Cocinar sin tener prisa.

Tomar un café sin mirar continuamente el móvil.

Regar las plantas estando realmente presente.

Pasear con el perro.

Compartir una conversación sin estar pensando en todo lo que queda por hacer.

Mirar a nuestra pareja, a nuestros hijos o a un amigo sintiendo que realmente estamos ahí.

El descanso no consiste únicamente en dejar de producir. También consiste en permitirnos habitar aquello que estamos viviendo.

Paradójicamente, muchas personas llegan tan agotadas a las vacaciones que tampoco consiguen descansar durante ellas. Su cuerpo está en la playa, pero su mente continúa resolviendo problemas, anticipando septiembre o repasando tareas pendientes.

Por eso, en ocasiones, el problema no es solo la falta de vacaciones.

Es que llevamos demasiado tiempo viviendo desconectados de nuestras propias necesidades.

¿Y si mi vida no puede cambiar de un día para otro?

Es posible que, al leer todo esto, aparezca una idea muy razonable.

“Mi vida es la que es. Tengo trabajo, hijos, responsabilidades y no puedo cambiarlo todo.”

Y es verdad, no siempre podemos modificar nuestras circunstancias. No todo el mundo puede reducir su jornada laboral, disponer de varias horas libres al día o reorganizar completamente su vida.

La realidad existe y conviene respetarla. Sin embargo, entre cambiar toda nuestra vida y resignarnos a vivir siempre igual existe un amplio margen. A veces el primer cambio no está en las circunstancias, sino en la forma en que nos relacionamos con ellas.

Quizá podamos aprovechar el trayecto al trabajo para dejar de anticipar el resto del día y preguntarnos simplemente cómo estamos.

Quizá podamos pedir ayuda en una tarea que llevamos demasiado tiempo sosteniendo solos.

Quizá podamos reservar un pequeño espacio semanal para nosotros sin sentir que estamos siendo egoístas.

No se trata de hacer grandes transformaciones de un día para otro, muchas veces basta con introducir cambios pequeños, sostenibles y realistas.

Porque mejorar un 1 % de forma constante suele tener mucho más impacto que intentar cambiar toda una vida en una sola decisión.

Las vacaciones también pueden convertirse en una oportunidad

Las vacaciones no solo ofrecen descanso, también ofrecen perspectiva. Al disminuir el ritmo aparece un espacio que durante el resto del año suele estar ocupado por la urgencia. Y ese espacio puede ayudarnos a mirar nuestra vida con un poco más de claridad.

No para juzgarnos.

No para exigirnos cambios radicales.

Sino para escucharnos.

Estas vacaciones quizá puedas preguntarte:

  • ¿Cómo me encuentro realmente, más allá del cansancio físico?
  • ¿Qué necesidad llevo demasiado tiempo posponiendo?
  • ¿Qué parte de mi vida me genera más desgaste?
  • ¿Qué momentos me hacen sentir más presente?
  • ¿Qué pequeño cambio podría introducir cuando vuelva a la rutina para cuidar un poco más de mí?

Las respuestas no siempre llegan de inmediato.

Y tampoco hace falta que lo hagan.

A veces el simple hecho de empezar a hacerse estas preguntas ya supone una forma diferente de relacionarse con uno mismo.

Aprender a disfrutar de la vida, y no solo de las vacaciones

Las vacaciones son necesarias.

Necesitamos descansar.

Necesitamos bajar el ritmo.

Necesitamos recuperar energía.

Pero quizá también necesitemos dejar de pedirles que solucionen aquello que lleva demasiado tiempo necesitando nuestra atención.

Las vacaciones no están para arreglar una vida que pesa durante los otros once meses del año.

Están para ofrecernos un descanso y, en muchas ocasiones, la oportunidad de observar nuestra vida desde una cierta distancia.

Quizá entonces aparezca una pregunta que merezca la pena escuchar:

¿Cómo quiero vivir cuando las vacaciones terminen?

No siempre podremos cambiar nuestras circunstancias.

Pero sí podemos aprender a escucharnos antes.

Podemos favorecer nuestra capacidad natural de autorregulación.

Podemos recuperar el contacto con nuestras necesidades.

Podemos permitirnos estar más presentes en aquello que vivimos cada día.

Porque cuando aprendemos a escuchar al organismo antes de que tenga que gritar, empezamos también a cuidarnos de una manera diferente. Y quizá ese sea el verdadero objetivo.

No vivir esperando las próximas vacaciones. Sino aprender a disfrutar de la vida, y no solo de las vacaciones.